 |
|
|
XI
Certamen de Relatos Cortos, IV Certamen de Poesía y concurso
de Artes Plásticas
Os
presentamos el resultado del Concurso Literario y las obras que
obtuvieron los distintos premios:
Concurso Literario
Poesía:
- Primer premio:
Esther de la Parra, “Guerrera Pelo
Corto”.
- Accésit:
Ana Andrés, “Una vez más,
pianista”.
Relato corto:
- Primer premio:
Cintia Rodrigo, “ ¿Quién teme al lobo
feroz? ”.
- Accésit:
Leña Ariño, “No siempre ha sido tan
fácil”.
- Consolación:
Lucía Colom y Nacho Vela.
Esperamos que los disfrutéis:
Guerrera
Pelo Corto
Mi alma,
cobre de otoño,
tiende al verde feo y enfermizo.
Soy un metal de belleza caduca,
aroma de vegetación podrida y castaña maduras.
Pera jugosa que devoran los gusanos.
Rosa granate deshojada,
majestad de terciopelo roído,
narciso vanidoso de carisma estrellado.
¡Soy salvaje! ¡Soy fuerte!
¡Soy una veleta volátil!
Violento viento cortante y espeso.
Carne de cañón de ideales radicales,
chispa de revoluciones enervadas.
¡Guerrera india! ¡Tenaz feminista!
¡Nacionalista dogmática
o anarquista insurrecta!
Las circunstancias me han forjado
apacible por domesticación,
(¡represión de los instintos!)
más la bestia saldrá por la puerta trasera
cuando los tambores (que ya suenan)
vibren palpables por el alarido
que (no temo) oirán todos.
¡No calles! ¡No pares frenesí
refrescante!
Téjeme libre como la brisa matutina
y fuerte como el mar tempestuoso.
El vértigo de la noche oceánica
será prefacio de brutal obra sinfónica.
¡Osadía! Asesina de una vez
la comodidad perezosa conformista
que arrastrándose reptando obscena y ondulante
me sorbe por dentro cual jauría de sanguijuelas
bulímicas.
¡No clames! ¡No busque desesperada, temerosa,
débil y rendida las faldas tupidas
de tu caliente estrella imaginaria!
Enfréntate a tu propio abismo solitario.
¡Cobarde! Salta sin miedo.
…Y en vez de eso te resguardas
en inexistentes ¡inexistentes! dorados,
rascándote rojos bélicos de la cara,
borrándolos del alcance de los ojos
hasta la próxima vez que flore el salvaje.

Premio de Escultura.
Una
vez más, pianista
Sobre las
calles de asfalto
Cae suave la lluvia
Por los cristales, despacio
Resbala suave la lluvia
A un rostro, al cielo mirando
Llega suave la lluvia
Los ojos oscuros, rogando
Piden ciegos a la lluvia
Las nubes grises, despacio
Lloran suave la lluvia
Los labios rojos, temblando
Piden mudos a la lluvia
El rostro moreno, cansado
Siente suave la lluvia
Y el hombre triste, sentado
Recuerda bajo la lluvia
Días extraños, olor a tabaco
Y, por la ventana, la lluvia
Los dos en un portal, abrazados
Escapando de la lluvia
Manos finas sobre un piano
Escuchan caer la lluvia
Perfume, el sabor de sus labios
Cálidos, mojados por la lluvia
Sonrisas, el calor de sus brazos
Disipándose con la lluvia
El hombre moreno, pensando
Camina despacio bajo la lluvia
El triste piano se sigue escuchando
Acompañado por la lluvia
El hombre al piano sigue tocando
Y vuelve a oírse, bajo la lluvia
Una vez más, la triste canción
Una vez más, la lluvia

Premio de Foto.
¿
Quién teme al lobo feroz?
Los
primeros copos de nieve empezaron a caer tímidamente
frente a mis ojos. Era tan hermoso poder contemplarlo en
silencio…Hacía mucho frío para la poca
ropa que llevaba, de haberlo sabido hubiese cogido la chaqueta de cuero
de mi tío Andy. Aun así, tiritando y con los ojos
llorosos, seguí sentado en el suelo de aquel parque
contemplando el cielo mientras dejaba que el tiempo pasara lentamente.
A mis trece
años podía afirmar con demasiada
certeza que había recorrido los más oscuros
senderos y que quizás nunca encontraría el camino
de regreso. Estaba perdido entre la maleza.
La espalda
me ardía con brutalidad. Había evitado
apoyarme contra el grisáceo muro de cemento, aunque
pensándolo mejor, eso hubiese calmado un poco el escozor. El
dolor aumentaba mi ira con creces, siempre lo hacía, y
cuando me sentía así, sabía que
podía con cualquiera, con cualquiera menos con
él... ¿Por qué? Tenía
tantas ganas de matarle como de llorar y no podía hacer
ninguna de las dos, me sentía tan impotente...
Pataleé con ira en el suelo.
-Hijo de
puta- sollocé cubriéndome la cara entre
los brazos. Tenía que tranquilizarme.
Saqué
un pitillo de mi bolsillo derecho y me lo
llevé a la boca lentamente. Había empezado a
fumar hacía apenas un año y desde entonces no
había parado, fumaba unos siete cigarrillos diarios y
moriría de cáncer. ¿Qué
podía decir?...me daba igual.
Contemplé
la calle durante largo rato. No pasaba nadie. Era
comprensible. Eran las ocho de la tarde de un 31 de octubre, lo que
significaba que toda la Avenida Denver estaría llena de
gente disfrazada pidiendo caramelos. La zona donde yo me encontraba no
era muy tranquilizadora para los padres.
A lo lejos
pude ver a Sandy Brown disfrazada de Hada. Iba conmigo a
clase. Era una mimada, pelo rubio por la cintura, ojos verdes y una
sonrisa perfecta. No la tragué desde el primer
día. Detrás de ella caminaba una
señora de unos cuarenta años con un gran bolso
rojo. Parecía molesta por algo; debía de ser su
madre, se daban un parecido aire de superioridad.
Más
lejos había una pareja. El hombre con el pelo
castaño muy corto llevaba un disfraz de preso. La mujer
también tenía el pelo castaño e iba
disfrazada de granjera. Iban con su hija de unos siete años,
una pequeña caperucita roja, que andaba por el bordillo de
la carretera cantando algo que me resultó familiar. No era
la típica canción infantil, era otra.
De repente
tropezó y cayó al suelo. La cesta que
llevaba colgada del brazo rodó con ella volcando todo su
contenido por la acera. Caperucita roja no se paró a llorar
aunque a la vista estaba que se había hecho sangre en una de
sus rodillas. Empezó a recoger sus caramelos con rapidez.
Miré intrigado a la pareja, no se había detenido.
Es más, acababan de montar en un coche. Caperucita
tendría que apañárselas sola.
Una
sensación extraña me recorrió todo
el cuerpo: envidia. Yo también hubiese deseado llevar un
disfraz de vaquero e ir con mis padres a por golosinas,
después discutir con mi madre por no dejarme comerlas todas
de golpe, mientras mi padre escondía algunas para
compartirlas después. Esa Caperucita tenía mucha
suerte, ojalá yo la hubiese tenido también.
Dejé
que el viento y algunos copos de nieve acariciaran mi
cara. Cerré los ojos. Iban a ser unas navidades muy duras.
Quería evitar pensar en ello, pero no podía...Era
imposible.
Desde que
tenía uso de razón la vida era una
mierda ¿Por qué demonios iba a cambiar ahora? Las
tres funciones vitales: naces, la cagas y te mueres. Aunque
sabía perfectamente que nada ocurriría, guardaba
una minúscula esperanza.
El chirrido
metálico del columpio me devolvió a
la realidad. La Caperucita que había visto pasar hacia unos
minutos se columpiaba tranquilamente mientras canturreaba la misma
canción, parecía que no se daba cuenta de que
cualquier degenerado podía llevársela
¿Y sus padres?...El coche donde había montado la
pareja ya no estaba,quizás no fueran ellos. Entonces no
habría nadie para ayudarla. Nadie excepto yo. ¿La
ayudaría en tal caso? ¿Por qué
hacerlo? A mí no me ayudaron...
Una nueva
calada..."Cualquier perturbado, degenerado...» El
humo se me atragantó. La palabra en sí me
resultaba repulsiva, aun no conseguía superarlo
Volví
a fijar mi atención en Caperucita. Al
parecer todavía no se había percatado de que la
estaba observando. Parecía tan frágil e
inocente...como lo había sido yo hacía mucho
tiempo.
«Corre
hacía tu casa caperucita, tu madre
estará preocupada. No te podrías ni imaginar
todas las cosas malas que te harían y tu sólo
podrías llorar y llorar...»¿Era una
lágrima lo que acababa de caer por mi mejilla?
¡Joder! Los chicos no lloran, yo no lloro, no puedo llorar,
no debo, no...
-¡Deja
de llorar! - Dolor.
-¡Para
de llorar!
-No puedo-
balbuceé hundiendo mi cara todo lo que pude en la
almohada.
-¡No
me contestes Jesse Hyde!
El
cinturón se clavó en mi espalda
acompañado de un nuevo sollozo. Ni siquiera me
dolía ya. Mi espalda estaba adormecida. Sólo
tenía miedo y eso podía con todo.
-Eres una
nena que sólo sabe llorar y llorar- dijo
echándome su apestoso aliento de tabaco y tequila baratos
sobre la nuca. Era asqueroso, el era asqueroso, lo que hacía
era asqueroso, todo lo era...Sabes que lo que te está
pasando es malo y no puedes hacer nada.
-¡Deja
de llorar joder!, de nuevo el cinturón- Te
llamas Jesse porque eres una nena y esto es lo que les hacen a las
nenas-. A cada nuevo sollozo que emitía le seguía
el cinturón. Más sollozos, más dolor.
Por eso no
podía llorar, no debía hacerlo.
-¿Por
qué lloras niño?- No estoy
llorando porque no soy una nena, no estoy llorando, no estoy...
Abrí
los ojos. Seguía en el parque. Todo
había sido un mal recuerdo.
-¿Por
qué lloras niño?-,
alcé la cabeza y miré fijamente unos ojos color
miel.
Caperucita
estaba frente a mí con una extraña
expresión en la cara, una expresión de
preocupación. Hacía mucho tiempo que nadie se
preocupaba por mí, y que lo hiciera ahora una
niña que no conocía de nada me resultó
incómodo.
-No estoy
llorando, lárgate.
-No
puedo...Estoy esperando a alguien- contestó ella
cruzándose de brazos. La miré de la forma
más incómoda que pude para que me dejara en paz,
pero ella siguió en su sitio sin inmutarse.
-¿Quieres
pirarte a otra parte? No soy la niñera
de nadie.
-Eres malo-
murmuró ella.
-Sí,
lo soy. Así que déjame solo o te
pegaré- puede que estuviese siendo demasiado cruel, pero...
¿Qué le iba a hacer? Si lo era con todo el mundo
no iba a hacer excepciones ahora.
-¿Lloras
porque no tienes amigos?- preguntó ella
tentándome a que la echara a bofetones.
-¡Sí
que tengo amigos y no estoy llorando joder!-
grité enfadado.
-Es
que...yo no tengo amigos... ¿Quieres ser...
- A ver,
criaja ¡Qué me dejes! - le
grité mientras me ponía en pie con el
puño en alto-y, no, no quiero ser tu jodido amigo.
Caperucita
dio unos tímidos pasos hacia atrás,
pero siguió mirándome como si quisiera retarme.
-Quizás
no tienes amigos porque eres una pesada.
Me
miró fijamente a punto de llorar. Quizás
había sido demasiado brusco. Nunca había hecho
llorar a una niña y, por primera vez, me sentía
culpable.
-Oye...-
musité bajando por completo mi tono de voz en pos
de disculparme
-¡Déjame!-
gritó ella echando a correr.
Fantástico,
era el terror de las niñas. Menudo
hombre estaba hecho. Había echado a la única
persona que se había detenido a ver si me pasaba
algo...Dios, ¡ qué solo me sentía ahora!
-¡Sí
que tengo amigos!- grité, al aire,
furioso
Tenía
uno: Lenny..,aunque no confiaba mucho en
él. Sabía que iba a defraudarme de un momento a
otro, como todos. Había aprendido a no querer a nadie.
Así todo era mucho más fácil.
Silencio,
demasiado silencio. Sólo oía el
murmullo de algunas hojas secas bajo mis pies. Me acerqué
lentamente a un banco situado frente a los columpios y me
senté en él. No quería regresar a
casa. Prefería continuar tiritando bajo los copos de las
primeras nieves de otoño.
En este
preciso momento Lenny estaría contando sus
chocolatinas con una sonrisa en la cara, como la mayoría de
los niños, como tenía que haberlo hecho yo.
Mamá perfecta cocinaría un estofado con patatas
perfecto mientras papa perfecto arreglaba la antena de la
televisión para poder visualizar con todo detalle su
programa favorito después de cenar. Padres normales y
...perfectos
Mi madre
estaría tirada en su cama, medio inconsciente,
gracias a alguna pastilla de éxtasis, en un estado
lamentable, vomitando y murmurando cosas sin sentido. Y mi padre
seguramente estaría en la gasolinera planeando con su
hermano una escapada, esa misma noche, al club de striptease con una
lata de cerveza en la mano. Pensé en su coche volcado cerca
de la carretera principal, junto al desvío de Derick. En un
caos de sangre y humo, Bill Hyde se dispondría a salir del
coche por la ventanilla delantera. Arrastrándose con muchas
dificultades y rasgándose con todos los pedazos sobrantes
del cristal, algo le impediría llegar a salir del todo: la
inminente explosión del motor...y final feliz.
Sonreí
tristemente y me cubrí la cara con las
manos. Sólo quería verlo muerto y así,
por fin, sería libre. ¿Cómo
podía alguien tan joven odiar tanto? Era un odio corrosivo,
del que te consumía por dentro poco a poco y sólo
podías esperar a que sucediese algo, pero nunca pasaba nada.
-A lo mejor
estás triste porque te has perdido.
Caperucita
volvía a estar frente a mí con su capa
y su cesta. No parecía guardarme rencor por la crueldad de
hacia unos minutos.
-O porque
no encuentras a tu mamá.
La
miré fijamente. Había algo extraño
en ella, algo que me hizo sentir cómodo: sus ojos
castaños, su pelo caoba recogido en un intento fallido de
trenzas o el andrajoso vestido rojo manchado de barro que llevaba,
más propio de un vagabundo que de una niña.
-Yo no
puedo volver a casa ahora...- musitó- Si te portas
bien te daré un caramelo-, abrió su cesta
cuidadosamente para que viese su contenido. Dos caramelos y una
chocolatina de miel y nueces.- Sólo tengo esto, pero si
quieres podemos compartirlo- sonrió dulcemente.
La
miré pensativo mientras notaba como un ligero rubor me
embargaba.
-¿Puedo
sentarme contigo?
Asentí.
Se sentó a mi lado pegada a
mí. Me daba miedo rozarla, así que
intenté no moverme ni un milímetro. No
quería asustarla y que se marchara. Ahora no.
-¿Tú,
por qué estás
aquí solo?- preguntó acercándome un
caramelo de naranja que no rechacé.
-...Creo
que estoy perdido- dije al fin agachando la cabeza.
-No te
preocupes. Si estamos los dos juntos no pasará
nada... pero no llores por favor-, susurró con voz triste al
tiempo que notaba como una lágrima caía de nuevo
sobre mi mano.
-No...no
puedo llorar- sollocé a duras penas mientras
agachaba la cabeza avergonzado.
Caperucita
se levantó y avanzó unos pocos pasos.
No quería que se fuera, pero tampoco podía parar
de llorar. Al emitir un nuevo gemido la fina capa de Caperucita
cubrió mi espalda y mi cabeza.
-A
mí no me importa que llores- dijo cogiendo una de mis
manos y agarrándola con fuerza - no voy a reirme.
Abrí
los ojos y contemplé tranquilizado los suyos
color miel, cálidos y dulces.
Durante
largo rato lo único que se oyó fueron mis
sollozos, la voz de caperucita cantándome en bajo y las
hojas que caían de los árboles lentamente, como
si no quisieran interrumpirme. Y por primera vez, hacía
mucho tiempo, pude llorar tranquilo.

Premio de
Poesía y Relato.
No
siempre ha sido tan fácil
Paco, el
jefe del gallinero, acaba de saludar el comienzo de un nuevo
día con su ki , ki, rikí, sin embargo, ya hace
más de una hora que hay movimiento en la casa. Eulogio, el
padre, está en el corral preparando el ganado para llevarse
las ovejas a pastar y Luisa está preparando tostadas con
aceite y azúcar para el desayuno de sus hijos.
Chicos, a levantar, que hay que ir al colegio.
Este es el despertador diario que suena sobre las 7:00 de lunes a
viernes, semana tras semana.
Es noviembre, y la verdad es que hace un frío endiablado a
esas horas dentro de la casa. No apetece para nada abandonar el cobijo
de las mantas y a los chavales les cuesta dejar el nido.
Sin embargo saben que llueva o nieve, su madre no les perdona el
colegio, así que Vicente, Víctor y Eulogio se
levantan y, rápidamente para no perder el calor de la cama,
se lavan en la jofaina y se visten para desayunar. Tienen 9, 7 y 5
años respectivamente. El pequeño Luis, de 3
años, tiene suerte, porque todavía no tiene que
ir al colegio.
Viven en una masía, que es como se llama a las casas de
labranza en Teruel Se encuentra a 4 km. del pueblo, por lo que ir a la
escuela es un esfuerzo añadido, ya que en la
década de los 60 no hay autobuses escolares ni comedores,
así que deben ir andando y en los meses de frio es
especialmente duro, porque hay que caminar por hielo o nieve y con
más capas que las cebollas, pero su madre siempre les dice,
que la escuela es lo primero.
Terminan el desayuno, cogen la cartera y salen de casa para recoger de
camino a Pili y a José, “los
confiteros”, que vive en otra finca cercana.
¡Cuidado Víctor, que viene el pavo!, chilla
Vicente al ver que el animal se acerca corriendo detrás del
grupo.
A todos los animales que van a permanecer un tiempo en la
masía los chicos les ponen un nombre, pero el pavo
comenzó llamándose Perico y de allí,
por su comportamiento, le comenzaron a llamar
“cabrón” y como esto les
costó más de una colleja de sus padres por
considerar que no era una palabra apropiada para ellos, se
quedó el pavo, como pavo sin más.
Pues el pavo, allá que fue como era su costumbre,
detrás de los chavales intentando picarles en la piernas y
el culo. En esta ocasión lo consiguió de veras,
porque Eulogio se cayó y el animal aprovechó para
echársele encima.
A los chillidos de los niños acudió Luisa, que
con un palo apartó el pavo de un golpe. Recogió a
Eulogio, que tenía más daño moral que
otra cosa, le limpió las manos y las rodillas, le
sacudió la ropa y camino a la escuela nuevamente.
El siguiente domingo comieron pavo, algo que quedaba reservado para
Navidad. Era más pequeño que de costumbre, pero
ya no tuvieron que controlar las salidas de la masía.
A la hora de comer, los niños van a casa de la abuela,
porque todavía quedan muchos años para que pongan
los comedores escolares y no era cuestión de volver a casa.
Por la tarde, Vicente se las ve y se las desea para poder guiar al
grupo de vuelta antes de que anochezca, lo que ocurre a una hora
temprana en invierno. Así que todo el camino tiene que irles
azuzando, especialmente a Víctor y a José, que se
entretienen con cualquier cosa que encuentran en el monte y van
haciendo el indio, como se queja repetidamente a su madre.
La vida es dura para toda la familia, pero para Luisa lo es
más. Sin agua corriente en la vivienda, debe sacarla de un
pozo para beber y hacer la comida. El tema del lavado, con tantas
personas en casa, es especialmente complicado. Debe trasladarse hasta
la alberca y en invierno es incluso necesario romper el hielo para
poder lavar.
El verano en la masía es más divertido. No hay
que ir al colegio y todo el día se puede estar al aire
libre. Además, todos los años vienen sus primos
de Barcelona a pasar unos días en el campo, como dicen los
de ciudad, y vuelven a la gran urbe “asalvajados”,
después de estar cogiendo ranas,
bañándose en la alberca, subiéndose a
los árboles para coger peras y manzanas; eso sí,
recibiendo más de una reprimenda del tío
Ambrosio, que era el dueño de los frutales, y alguna colleja
del padre y tío respectivamente.
Pasan así varios años, hasta que Eulogio padre
debe hacerse cargo de otro rebaño de ovejas que se encuentra
en un pueblo próximo. Así que toda la familia se
traslada a una nueva masía, con un miembro más en
la familia, porque ha nacido Joaquín.
La vivienda es más grande que la anterior y tiene
¡por fín! agua corriente. Sin embargo queda algo
más lejos del pueblo y en éste no tienen
ningún familiar. Así que todos los
días sin excepción, camino del colegio y, en esta
ocasión, con las fiambreras a cuestas. Los primeros
días Vicente, Víctor, Eulogio y Luis, que ya se
ha incorporado a la escuela, comen sentados en el primer sitio que les
pilla a mano, hasta que un alma caritativa, “la
Dolores”, cuya hija va a clase con Víctor, les
dice que pueden comer en su casa, así que a partir de ese
momento siguen con la fiambrera, pero por lo menos comen en una mesa y
a refugio de las inclemencias del tiempo.
Vicente pronto se pone a trabajar. El tema de los estudios no es su
fuerte y de paso ayuda a la economía familiar. Son muchas
bocas y el sueldo de pastor, a pesar de ser un trabajo de muchas horas
diarias y los 365 días del año, está
muy mal pagado. A Eulogio le hubiese gustado que Vicente siguiese sus
pasos como pastor, pero él tiene muy claro que con su padre
no se queda. Todos echan una mano con el rebaño,
así que conoce el trabajo, su dureza y lo poco recompensado
que está, por tanto cambia los balidos por la paleta de
albañil.
De esta forma Víctor coge las riendas de la
dirección del grupo estudiantil y de ayudar a su padre al
salir de la escuela. Por la noche llega el rebaño y hay que
“destajar”, que es colocar a cada cordero, que por
ser muy jóvenes se quedan en el corral y no salen al campo,
con sus respectivas madres. Teniendo en cuenta de que el
rebaño es de más de 500 ovejas, la tarea es larga
y pesada. Víctor alucina con su padre, porque es capaz de
reconocer a todas las ovejas y por el balido, a sus respectivos
corderos.
En la escuela destaca porque es un buen estudiante. Le encantan las
matemáticas y tiene una memoria excepcional para recordar
ríos, montañas, países, reyes y
batallas. Además tiene una aptitud especial para el dibujo,
tanto artístico como técnico, porque el concepto
del espacio lo tiene muy bien desarrollado. Don Mateo, el profesor,
quiere que en un futuro enfoque sus estudios bien hacia la
Ingeniería o mejor aún, hacia las Bellas Artes.
Tiene 12 años y aunque tiene muy claro que quiere estudiar
también es consciente de que la economía familiar
es un tanto precaria y además en la familia se han producido
unos cambios que todavía hacen más
difícil el plantearse esta situación, porque a
pesar de su edad, es muy maduro y no se le escapa lo complicado que
sería no comenzar a trabajar a los 14 años como
su hermano Vicente.
Ha nacido su hermana Luisa, por lo que ya son 6 niños los
que hay en casa. Su madre, ya cansada de ver las excursiones que tienen
que realizar sus hijos para ir y venir del colegio y las penurias que
pasan en época de invierno para recorrer los casi 5 km. que
los separa de la civilización, ha decidido alquilar una casa
en el pueblo, donde se traslada con toda la prole. Su marido se queda
en la masía al cuidado del rebaño y es
Víctor el que, cada día, cuando sale de la
escuela, coge la bici, la fiambrera con la cena y la comida para el
día siguiente y, naturalmente, sus libros.
Y allí, mientras regresa su padre con el rebaño,
hace los deberes y estudia, porque en el momento que llega ya sabe lo
que tiene que hacer, emplear más de dos horas en destajar,
echarles comida y arreglar el corral. En invierno pasa las noches en la
masía, porque es prácticamente imposible regresar
al pueblo, así que cuando amanece, prepara el desayuno para
los dos, vuelve a ejercer de ayudante de pastor con el
rebaño y, pedalea que pedalea, al colegio.
El curso está próximo a su fin, tiene 14
años y sus notas son excelentes. Debería comenzar
el bachiller, pero fuera del pueblo. Lo comenta con su padre que se
cierra en banda porque quiere que continúe sus pasos, algo a
lo que no está dispuesto. Su madre le apoya, pero no hay
forma de convencer a su padre cuando saca el tema de irse a estudiar
fuera.
Don Mateo, el maestro, habla con Luisa del asunto y le comenta que no
debe preocuparse por el tema económico. Víctor
puede conseguir una beca para continuar sus estudios y él
mismo les ayudará a preparar los papeles. Sería
una lástima que no estudiase porque le ve una gran capacidad
y piensa que después del bachiller, Ingeniería o
Bellas Artes podían ser las carreras adecuadas.
Vuelta al ataque. Víctor intenta dialogar con su padre al
respecto y sigue recibiendo un NO rotundo. Sabe que no lo hace con mala
fe, que su formación y la dura vida que le ha tocado vivir
hace que su visión del futuro se quede bastante reducida y
sólo piense en la continuación de su trabajo,
pero a él no le sirve. ¡No quiere saber nada
más de ovejas y corderos impertinentes que no hacen
más que balar porque se despistan de su madre!
Habla con Don Mateo para que le consiga los papeles necesarios para
solicitar una beca. Le han dicho que para estudiar en las Universidades
Laborales sólo se requiere tener escasos ingresos y una
mente despejada. Ambos criterios los cumple sobradamente.
Así que prepara la documentación y falsifica la
firma de su padre para solicitar la beca. No comenta nada en casa al
respecto.
Ha comenzado el verano y pasa el tiempo ayudando a su padre por la
noche y durante el día trabaja en el campo, en las fincas de
los vecinos que requiere sus servicios. Se apunta a todo para sacarse
algún dinero, parte del cual entrega a su madre y el resto
lo va guardando por si le conceden la beca y tiene que irse del pueblo.
Llega una carta a su nombre, que, extrañada, le entrega
Luisa. El corazón le late a cien por hora. Va a su cuarto,
para evitar las miradas cotillas de sus hermanos y abre el sobre.
¡Le han concedido la beca para ir a estudiar a la Universidad
Laboral de Tarragona!. Está loco de alegría pero,
por otra parte, se le encoge el estómago pensando
cómo se lo va a plantear a sus padres, bueno, más
bien a su padre.
Luisa acepta la noticia con una alegría a medias, porque
sabe que se va a producir una gran bronca en casa, pero está
muy contenta de que su hijo pueda prepararse para un futuro mejor del
que se le ofrecía como pastor. Por otra parte le sorprende
la gran iniciativa de su hijo que, a pesar de su edad, ha demostrado la
suficiente madurez como para prepararlo todo. Su padre, naturalmente,
se enfada mucho y pasa de montar en cólera a no hacer
comentario alguno en las siguientes semanas. Encerrado, como siempre,
en su cascarón.
Se aproxima el día de la partida y comienzan los
preparativos. Eulogio sin dar ninguna explicación, le dice a
Víctor que le acompañe. Van a la parada del
autobús, denominado El Correo, porque recorre todos los
pueblos cercanos y llega hasta el principal de la comarca. Ni Eulogio
dice nada ni Víctor se atreve a preguntar, así
que sigue a su padre por las calles, camino de no se sabe
qué.
Llegan a una tienda de bolsos y maletas, a la que le hace entrar.
Si te vas fuera, necesitarás una maleta para meter tus
cosas, le dice Eulogio a un sorprendidísimo
Víctor. Elige la que más te guste.
Eligió la que le gustaba, de color naranja.
Víctor no cabía en sí de gozo, porque
veía que su padre, al fin, había aceptado su
decisión. No dicen nada, pero sus miradas lo dicen todo.
Llega el día de la partida. Ahí están
en la parada del autobús Víctor, con su maleta
naranja, Eulogio, con el semblante impenetrable, Luisa con ojos
llorosos y con la benjamina, Isabel, en brazos, y sus otros hermanos
pequeños revoloteando a un lado y otro del grupo.
El autobús hace su entrada en el pueblo. Abre su gran boca
lateral y engulle la maleta naranja junto a otros muchos bultos. Besos
y abrazos para todos y un adolescente de 14 años sube y se
sienta junto a la ventanilla. Allí ve a su familia, a su
pueblo, y por su cabeza, en unos instantes, pasa el pavo cabroncete,
sus primos catalanes, las ranas de la acequia, los frutales del
tío Anselmo, la perra Sevilla, que hacía de
niñera mientras su madre lavaba en la alberca, el burro
Perico, que se encabritaba cuando le tocaban las orejas y catapultaba a
todos al suelo, toda una serie de vivencias que quedarán en
el pasado, mientras él, con mucha ilusión, se
enfrenta al futuro que ha elegido: Estudiar.
Y esta es una pequeña parte de la historia de la
generación de mi padre, especialmente en la zona rural.

Premio de Pintura.
Ilumíname,
Monet
Rompe tus
límites, sáltate la realidad e imagina,
improvisa a través de tus sentidos y da lugar a un mundo
fuera de lo común. Impresionistas, romped las reglas.
No me mires tal y como soy, hazme tal y como me sientes. Haced de
nuestra realidad un tributo a la belleza, unas líneas puras,
nítidas y de tremenda claridad, hacen que tu
visión me acompleje.
Me gusta tu estilo Monet, tu saturación, tu
exaltación hacen de ti, mi inventado estereotipo de
impresionista. (Impresión, amanecer); iluminó la
corriente y una inspiración hacia nuevos emprendedores.
Tal vez, criticado por tus detractores, te nombraron mal innovador y
quien les iba a decir que acabarías siendo una imagen
trascendental de un estilo importante incluso en los días
que corren.
Largas barbas y largos prejuicios, sin embargo, acorde con Paul
Cézanne, consideramos que nos quitamos el sombrero, aunque
yo creo que un pintor se rige no sólo por una realidad y no
relaciona sentido con intelecto, sino que tienes que dar rienda suelta
a la imaginación.
Capta el lugar, atrapa el instante, mira el paisaje y dime lo que ves,
sé que tu mirada va más allá de un
método concreto. Te propongo un reto: Observa a esas mujeres
correteando por el jardín, míralas
cómo se divierten, cierra los ojos y difumínalas,
seguro que me sorprendes con una precisión luminosa del
momento y con un dinamismo sobrecogedor de esos vaporosos vestidos
(Mujeres en el jardín).
Acertaré en que tus inclinaciones de hacer magia con la
pintura nacieron del contacto con Boudin en Le Havre y muchas de las
excursiones al campo también tuvieron algo que ver,
¿me equivoco?
¿Y qué me dices de la obra de Turner? Seguro que
te influye en tu percepción de la luz y el color.
París, desde luego, el mejor sitio para darse a conocer,
aunque tu vida por los alrededores no saliera como tú
pensaste.
Preciosas las orillas del Sena. Desde luego supiste captar la esencia
de Francia, fresca y no limitada; en que sin duda puedo apreciar
diáfanos matices, halos de luz y de color.
Sé que te interesaste por un estanque en concreto,
encantador Argenteuil, desde aquel momento reconocerás que
esas vistas te cautivaron, ofreciéndote una nueva
técnica de la rapidez del agua y la luz. Pudiera ser el agua
un nuevo espejo que podemos modificar con efímeros e
imprevisibles cambios de cielo.
Yo considero que hay pocas sensaciones como las que te surgen al ver un
amanecer y, por lo visto, pensamos igual. A ver, dime:
¿qué te inspiran esos rojizos reflejos plasmados
en el agua? Date prisa que pronto desaparecerán, ejerce tus
cualidades de captador de instantes y haz que los demás vean
lo que nosotros estamos presenciando.
¿Sabes cuál es el sitio más
impresionante para representar? :una catedral de un lugar llamado
Ruán. La percepción logrará que la luz
y sus colores repten por todos los escondrijos de la catedral,
quizá pintaría cincuenta, cien, mil, tantos como
segundos hubiera en mi vida.
Las imágenes, que se forman en mi memoria, son imaginaciones
¿O es una concepción pictórica de mi
realidad? Haz una serie de abstracciones (las ninfeas; paisaje
acuático) chocando contra la pasada pintura occidental
Representativa. ¡Soy contemporáneo, Monet! y
contemplo tus lirios de agua disueltos en manchas de color,
¿puede ser una anticipación del arte abstracto?
Las pinturas supusieron la mitad de tus días pero
créeme, te esperan duros años, pero no desesperes
llegando a la escapatoria romántica, tus obras
serán recordadas.
Me ha gustado poder tener estos minutos compartiendo lo que sabes,
siempre está bien aprender de los mejores y como todo
encuentro requiere una despedida, te digo; Ilumíname Monet.

Premio de Dibujo.
|
 |